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sábado, 8 de noviembre de 2014

No quiero que te vayas

No quiero que te vayas 
dolor, última forma 
de amar. Me estoy sintiendo 
vivir cuando me dueles 
no en ti, ni aquí, más lejos: 
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.


Pedro Salinas

miércoles, 22 de agosto de 2012

Cuando tú me elegiste

Cuando tú me elegiste
-el amor eligió- 
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada. 
Hasta entonces 

nunca era yo más alto 
que las sierras del mundo. 
Nunca bajé más hondo 
de las profundidades 
máximas señaladas 
en las cartas marinas. 
Y mi alegría estaba 

triste, como lo están 
esos relojes chicos, 
sin brazo en que ceñirse 
y sin cuerda, parados. 
Pero al decirme: “tú” 
a mí, sí, a mí, entre todos-, 
más alto ya que estrellas 
o corales estuve. 
Y mi gozo 
se echó a rodar, prendido 
a tu ser, en tu pulso. 
Posesión tú me dabas 
de mí, al dárteme tú. 
Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? 
Sé que te volverás 
atrás. Cuando te vayas 
retornaré a ese sordo 
mundo, sin diferencias, 
del gramo, de la gota, 
en el agua, en el peso. 
Uno más seré yo 
al tenerte de menos. 
Y perderé mi nombre, 
mi edad, mis señas, todo 
perdido en mí, de mí. 

Vuelto al osario inmenso 
de los que no se han muerto 
y ya no tienen nada 
que morirse en la vida.


Pedro Salinas

martes, 14 de agosto de 2012

Serás amor...

¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el mismo encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y sólo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el lugar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales.
Es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara
y que lo más seguro es el adiós.


Pedro Salinas